#16anosdeadiccionalinternet

#16anosdeadiccionalinternet


Mi nombre es Brenda Ayala y soy adicta al internet. En el 1997 probé por primera vez ICQ y ahora, 16 años después, si me quedo sin conexión voy como gallina sin cabeza, correteando de un lado a otro, buscando la cura a mi enfermedad. Porque cuando menos tengo internet, más creo necesitarlo pero ¿cómo no? Ahí no solo está mi alter ego virtual sino que gracias a él me se los apellidos de mis amigos y puedo responder las más inesperadas e inverosímiles preguntas que me vienen a la mente. ¿Qué sonido hace una cebra? Si no hubiese sido por Google, jamás me hubiese enterado. Y aunque se ha vuelto parte esencial de mí existencia, sigo sin respetar el pago mensual de la factura (¡abajo las multinacionales!), por lo que hace poco la depravada compañía telefónica me desconecto del mundo virtual, lo que significó estar offline 1 día y medio… 3 años en tiempo virtual.

Era una soleada mañana de primavera con todo y pajaritos cantando en el cordel.  Había dormido 10 horas así que me levanté fabulosa: sin ojeras, peinada y la cara reluciente a pesar de tener un poco de baba seca en el cachete derecho. Me puse las pantuflas y caminé a la cocina dando uno que otro meneíto de hombros mientras tarareaba la misma canción que llevaba tarareando toda la semana ♪ Mister loverman, shabba! ♪. ¡Buenos días! le grité efusivamente a mi vecino favorito, Don Ramón, pero este  cerró lentamente la ventana de su cocina. Creo que sigue sin recordar quién soy. Elijo el mejor café de mi reserva, el que escondo para no compartir con la visita, y mientras se cuela voy preparando huevos fritos y bacon, mucho bacon. Se me antojan unas tostadas con mantequilla así que abro el paquete de pan, miro con desprecio la tapita maltrecha, la tiro a la basura y saco una rebanada más digna de tostar.  Una vez preparado el brunch, acomodo el banquete frente a mi computadora y tomo un sorbo de café en lo que espero a que mi lento aparato encienda. La cafeína me saca una sonrisa coquetona que en nada contrasta con el pijama poco sexy que llevo puesto, pongo música (♪ Mister loverman, shabba! ♪) y abro el browser con la intención de buscar el resto de la letra de la maldita canción. Tenía todo lo que necesitaba esa mañana, hasta que llegaron las tinieblas.

Nos desconectaron el internet. ¿Estás seguro? Sí, ni Google sube. A ver… a mí me funciona. ¿En serio? Mjmm, pero está muy lento. Apaga y prende el router a ver si se arregla. Voy… … … está prendiendo. Ok… … … Ya ¿funciona? No, te digo que nos cortaron el internet. Qué jodienda. Te lo dije. Espera, le voy a dar reset… … … Olvídalo… … … Ya ¿funciona? Nop ¿El teléfono funciona? No, está apagado. ¡Me cago en Orange! No hemos pagado, mucho se tardaron en desconectarnos. ¡Estas compañías capitalistas que solo les importa el lucro tras que dan un servicio de mierda te desconectan sin avisarte antes ni un email mandaron para por lo menos saber que estamos atrás en los pagos que mierda es que me dan ganas de no pagar nada y que se vayan al carajo con sus tarifas y el internet lento total que ni contestan el puto teléfono cuando uno llama para preguntar algo te has dado cuenta que ni siquiera ponen su número de teléfono en la página web no les importa el cliente no quieren bregar con ellos que se metan el contrato por el culo! Cálmate. ¡Que no me calmo es que hay que hacer algo al respecto con el abuso de las grandes empresas es más el internet a estas alturas del siglo XXI debería ser gratuito para todo el mundo es una necesidad no un lujo! Así comencé mi día: desconectada, afligida y comunista.

Primero hice lo más obvio: agarré mi computadora y caminé por cada rincón de los 45 metros cuadrados de mi apartamento en busca de alguna señal de WiFi abierta. Con los brazos acalambrados y mi pijama desgastado recorrí el recibidor, la cocina, el baño, la ducha, la sala, el comedor, el escritorio y la cama, dando vueltas, levantando la laptop y abriendo las ventanas para que alguna señal pudiera entrar sin interrupción. No encontré ninguna abierta. Entonces se me ocurrió la grandiosa idea de intentar adivinar la contraseña de alguna de ellas. Con orgullo y sin vergüenza intenté todas las combinaciones de números y palabras que se me ocurrieron desde 9876543210, 222222222, wifi3456, hasta golpear el teclado al azar como pianista búlgaro en pleno apogeo (hnvoiwe90vt43jhfwklcasn). Sentía que si lograba adivinar alguna me ganaría la lotería y llegaría la paz al Mundo, por lo que me obsesioné por buen rato en hackearle la conexión a cualquiera de ellos. Pero “Julia_y_Chachi” dueñas de una de las 22 señales se WiFi que mi computadora registra, no son tan ingenuas como para poner de contraseña “54321”, ni siquiera yo he cambiado la infinita contraseña de 26 caracteres que viene por default en la caja de internet para evitar que un vecino, en la misma situación de desesperanza, me robe la señal.  Este egoísmo búmeran de no querer que te roben la señal, pero te molestas si no te dejan robarla, me acababa de golpear con toda su fuerza en la cara.

Como han de sospechar, no adiviné ninguna de las contraseñas, pero las ansias de revisar mi email y ver cuántas personas le dieron like a la última foto que subí en Facebook (porque a mis 29 años todavía necesito que aplaudan mis estupideces) me llevaron a caminar por la cuadra en donde vivo, en pijama y con celular en mano, buscando una señal abierta cortesía del despiste de alguien que no haya programado su WiFi correctamente. 10 pasos, me detengo, no hay nada; 11 pasos, me detengo, no hay nada; 8 pasos, me detengo, no hay nada; 12 pasos, me detengo ¡encontré una! Espero un rato y cuando por fin se conecta, sale una pantalla y me pide el nombre de usuario y contraseña. Mierda. 18 pasos, me detengo, no hay nada. Así pasé la próxima media hora caminando y mirando el celular sin pestañear, como una imbécil, rogándole a los dioses que la gente que pasaba por mi lado no se diera cuanta que intentaba robar internet, por lo que ponía cara de interesada, como si leyera un importantísimo correo del trabajo que no tengo.

Finalmente decidí entregarme a la bondad del Barcelona Wifi que está en una plaza poco concurrida cerca de mi casa. Elegí el banquito que menos caca de paloma tenía y me apropié de él, arrebatándole la oportunidad a una doña que pretendía sentarse a leer un libro. Cagum la mossa malcriada, me refunfuñaba la señora mientras yo la ignoraba mirando mi móvil y murmurando ♪ Mister loverman, shabba! ♪. 38 segundos para que apareciera la señal, 6 minutos en lo que se conecta, 2 minutos para aceptar los términos y condiciones, 5 segundos en lo que funciona. Abro mi cuenta de email y puff, se fue la señal. 3 minutos para que vuelva a aparecer la señal, 2 minutos para que se conecte, abro nuevamente mi email, una eternidad en lo que baja la información, leo un correo de la universidad y cuando voy a contestar se vuelve a ir la señal. A la mierda con el internet gratis. Ya se me fue lo de comunista.

Regresé a casa temblorosa, sudando frío y con náuseas. Nadie debería romper vicio así, me dije, así que en el desespero hice todo lo que se hace cuando no hay internet: organicé los archivos de la computadora, limpié la cocina, intenté leer un libro, miré las señales de WiFi por si mágicamente aparecía una abierta, me pinté las uñas de los pies, intenté escribir este artículo, tejí varias líneas de una bufanda, bebí café, bajé la basura, hice 25 abdominales, me puse una mascarilla, volví a verificar las señales de WiFi, fui al supermercado a comprar mantequilla, hice galletitas, me duché, le eché agua a los cactus… procrastiné como toda una campeona pues se supone estuviese estudiando pero ¡sin internet no se puede estudiar! ¿Habrá internet en el Amazonas? Si  tuviera conexión, sabría.

Pálida y deprimida abrí un vino tinto -cosecha del 98- con la intención de emborrachame hasta quedar 10-7. Mientras bebía directo de la botella, las lágrimas saltaron de mis ojos: ♪ Shabba ♪ balbuceé mientras hacía un esfuerzo supra humano de acordarme quién cantaba la canción. En el delirio comencé a reflexionar: ¿Cómo vivía años atrás sin internet? ¿Qué hacía para entretenerme? No encontré respuesta a mis preguntas. La era pre internet está borrosa y al parecer no hacía nada excepto comer, dormir e ir a la escuela… probablemente corría bicicleta, pero hasta donde alcanza mi memoria la última vez que lo hice fue en el 1992, cuando tenía 8 años y vecinitos con quien jugar. Papito ahora está preso, pensé. ¿Qué hice esos cinco años post bicicleta y pre internet? Creo que hablaba por teléfono y veía televisión local porque no tenía cable TV. Qué porquería.

La mañana siguiente fue fría y gris: desperté con ojeras, despeinada, peste en la boca y cualquier otro atributo asqueroso que pueda describir a alguien que ha dormido muy mal y borrahca. En ayuno y con el mismo pijama desgastado, me dirigí al locutorio más cercano junto a mi querido novio para llamar al ruin proveedor de internet y pagar la deuda que tanto problema me ha traído. Del estrés, no podía ni sentarme en la cabina telefónica y para completar, cada vez que intentaba contactar la identidad telefónica, se cortaba la llamada. ¡No puedo creerlo parece que no quieren que pague o sea no me molestaría ahorrarme el dinero pero ya es demasiado tiempo me van a matar! Justo cuando iba a reventar el teléfono contra la pared, mi novio me detuvo y dijo ¿estás marcando el # cuando contestan? Si no, no se conecta la llamada. Oh…

Cuando por fin me contestan (luego de marcar #), me preguntan si sé por qué no se había pagado la factura. Qué pregunta más estúpida, es que me dan ganas de agredir a la operadora… obviamente no pagué porque el perro que no tengo se comió el dinero que no tenía. Finalmente me dicen que tengo que esperar hasta un máximo de 24 horas en lo que regresa el adorado servicio. ¿En serio? ¿Qué tan complicado puede ser restituir la conexión a internet? Tan rápido que la desconectaron. El suspenso y la incertidumbre se apoderaron de mí así que corrí a mi apartamento y me senté frente al router a esperar que volviera la señal. Miraba la lucecita roja sin pestañear y le rogaba a todos los santos del cielo que por favor se pusiera verde… … … 30 minutos… … …  1 hora… … … 2 horas… … … ¡LLEGÓ EL INTERNEEEEEEEEEET! Le grité a mi novio con la misma alegría que tendría si me ganase un suministro vitalicio de bacon.

Temblorosa y nauseabunda, me atraqué la virtualidad hasta el borde de la sobredosis: forward, replay, borrar, ignorar, likes, comentarios, share, unfriend, lectura, reflexión, indignación, aprendizaje, autofoto, filtro, #sexy, ♥, Spotify, anuncios irritantes, Shabba Ranks, retweet, unfollow, follow, frío los próximos 10 días, lentísimas descargas, ASOS: ¿tendré dinero?, Banco: depresión, tutoriales, chats, upload, LOL, acepto los términos y condiciones, download, YouTube, Tweet, algunas comunidades amazónicas tienen computadoras que reciben internet vía satélite. Tres horas después, tenía los ojos rojos y resecos, el cerebro entumecido, calambre en las nalgas, y absolutamente nada más que buscar en la red.  Y ahora ¿qué hago? ¿Le doy poke a alguien en Facebook?  ¿Trato de hacer mis #16anosdeadiccionalinternet un trending topic en Twitter? Nah, mejor me voy a correr bici…

 

 

 

1 comment

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  1. Ricky Reyes

    Epico!, mejor no te pudo haber quedado. Me visualizé en mis momentos de desespero cuando no tengo acceso al mundo virtual ( ._.)

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