En tu sala también llueve

En tu sala también llueve


Te encontré masturbando en el sofá con el juguete que te había regalado hacía unos días. La computadora frente a ti y los gemidos que salían del porn, compitiendo con los tuyos. Tu concha notablemente encharcada y tus muecas de placer, provocaron en pocos segundos una erección que me obligaron a soltar el bulto y desnudarme de inmediato, quedando todo frente a la puerta de tu apartamento cerrada tras de mí.

Crucé la sala y me enjociqué en esa papaya mojada. Soltaste el juguete prendido y halaste mi cabeza con ambas manos. Me restregaste la lechosa labia por toda la cara, como si la estuvieses lavando en bellaquera. Sentí toda la cara mojada y tu olor se impregnó en mi rostro.

Tiraste mi cabeza hacia atrás y sonreíste solo con la comisura izquierda, contenta por mi llegada. Yo igual. Con mi mano izquierda pinché tu pezón y arqueaste la espina dorsal, lista para lo inevitable. Puse mi anular y corazón en tu boca, para que los lubricaras antes de meterlos en la carnosa fuente que esperaba impaciente por ellos. Entraron, con el sonido que hace un primer paso en tierra pantanosa y apreté el pezón un poco más. Tu gemido imitó el porno que sonaba tras de mí y tus manos se engancharon en mi espalda, dejándome saber que araba en tierra fértil.

Rebusqué dentro de ti y cambié de pezón para variar un poco. Tu bailabas sentada, siguiendo el halón de mis dedos y apretaste tus uñas en mi lomo. Mi lengua cambió el ritmo de la comidita y escuché un: “¡ay cabrón… ahí, ahí, ahí, no pares hijoeputa!”. El ritmo de los dedos presionando hacia arriba, mientras te llamaban desde adentro, rozando cada vez más rápido esa zona arrugada. Me clavaste las uñas en los omoplatos.

Mi mano izquierda bajó a asistir mi boca, abriendo los labios sureños y descubriendo el botón al paraíso. Sentiste cada milímetro corrugado de mi lengua con la intensidad de una llama que se acerca a la piel. Tu cuerpo se acomodó, abriendo más los muslos y tu respiración se aceleraba como corredora de maratón.

Mis dedos, ahora con firmeza, apretaban el cielo ondulado de tu cueva pantanosa y bajaron varias gotas por mis dedos, hasta la muñeca. Percibí el comienzo de un encharcado final y tus gemidos ya opacaban a la mujer cibernética de la película. Supe que estabas a punto de ebullición.

Levanté mis ojos para comprobar tu situación y tú juraste mi muerte con los ojos si yo cedía mi paso. Mi mano ya goteaba el sofá y mi pene, a su vez, el piso de la sala.

Sentí el comienzo del temblor. Tus ojos daban vueltas, blanqueándose por momentos cuando se escondían tras tus párpados de arriba. Tus manos ya no estaban en mi espalda, sino apretando los cojines del sofá, casi haciendo puño.
Supe que era el momento. Así que saqué la boca de tu clítoris y me arrodillé. Metí mi brazo izquierdo por detrás de tus muslos, levantando tus piernas, atrapándolas contra tu cuerpo y el sofá, mientras mi mano derecha halaba tu vulva hacia mí. Rozado con la palma de mi mano tu botoncito de placer.

Te trincaste completa, abriste tu boca en mutis y justo cuando salió el grito, puse la cara frente a la lechosa y el chorro no se hizo esperar. Mi rostro ahora duchado.

En tu cuerpo no hay sequía.

Saqué los dedos, los metí en mi boca y volví a escuchar el sonido de la vibración del juguete en el sofá, los gemidos de la artista porno y una estrepitosa carcajada de tu boca.

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