Entre el punto y la exclamación: ¿una historia de amor?

Entre el punto y la exclamación: ¿una historia de amor?


Tiene que haber una emoción entremedio del punto de una oración y el signo de exclamación al comienzo de la próxima. Después de enviar miles de Emails todavía me deja perplejo la poca capacidad que tengo de presentarme de una manera que me haga sentir que no estoy siendo demasiado animado o innecesariamente seco. En otras palabras ¿cómo te dejo de gritar para comenzarte a hablar sin que te aburras?

¡Ese es el problema!

Entre el punto y la exclamación parece que hay una emoción que aquel que se inventó el lenguaje olvidó incluir. ¿Por qué tengo que verme obligado a escoger entre estos dos contrapuestos? ¿Cómo es que a veces alterno los puntos con las exclamaciones por ello de que la persona no piense que estoy molesto o, que por el contrario, el velo de mi emoción sea tan alto que parezca estar enpericao o poco honesto?

Por ejemplo: ¡Qué bueno que hice caca! He comido mucha fibra esta semana.

Esto me lleva aún más allá. ¿Es así como somos en nuestras relaciones humanas? ¿Bipolares? ¿Incapaces de encontrar el punto medio entre la apatía y la obsesión?

Cuando lo pienso me percato que genuinamente se me hace difícil definir ese sentimiento. ¿Entre molesto o feliz, emocionado o desanimado? ¿Qué carajo hay en el medio?

Quizás no lo puedo nombrar pero sé que existe porque lo veo todos los días: en los emails, en el caluroso saludo de la señora de Wendy’s y en un buen vaso de agua después de una larga corrida.

Quizás este es el momento en el que pensamos en lo cotidiano. Si el lenguaje está diseñado para presentar algo legible ¿eso implica que la realidad es más aburrida que la ilusión de la palabra escrita? Si tal es el caso, es posible que al crear el leguaje hayamos priorizado el drama ante lo convencional y hayamos olvidado lo bueno que es la rutina.

Y quizás es la rutina lo que nuestros progenitores olvidaron. El sobito en la espalda, el beso por las mañanas y las mentitas del sitio mexicano que no tienen nombre pero les sobran sabor. Esos sentimientos tan sencillos, tan exentos de drama, que son difíciles de definir pero llegan al corazón. Aquellos son los espacios entre el punto y la exclamación.

¡Bailen!

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