Epistolografía inútil

Epistolografía inútil


Las cartas de los lectores nacen casi a la vez que el negocio periodístico. En su origen, estas, no eran publicadas aunque sí se contestaban de manera personal. Fue más adelante cuando los dueños de los periódicos se dieron cuenta que si las cartas se hacían publicas, resultaban “atrayentes” para los lectores. Pensaron:

-Oye, se me ocurre que si publicamos las cartas que nos envían los ciudadanos, podríamos alimentar un tipo de voyeurismo social que la mayoría de ciudadanos aun no sabe que tiene.
-¿Quieres que avivemos la capacidad innata del Ser Humano de husmear y la utilicemos en nuestro medio de comunicación de masas como gancho?
-Sí. Creo que sería como una vía más de fidelización inconsciente, y en consecuencia, otro seguro para el rédito económico de nuestra empresa. Y además pareceríamos más open minded o como coño digan los modernos de hoy día. ¿No te parece que se podría convertir en una de esas tradiciones redondas del negocio de la prensa?

Así pues, la decisión de publicar las cartas de los lectores se limitó (y se limita) a una estrategia de marketing. No se trata de que los textos de los lectores sean más efectivos (todo lo contrario, desde que se empezaron a publicar, paulatinamente dejaron de ser respondidos), sino de que sean más sensasionalistas. Y esa ha sido una obviedad que se ha pasado por alto hasta el día de hoy porque una carta de un ciudadano se sigue entendiendo como: “Texto breve que los lectores de un periódico (o de una publicación periódica) escriben al director de este. Pueden expresar opinión, denuncia, agradecimiento, o simplemente pueden ser un comentario o puntualización sobre alguna noticia, artículo de opinión o sobre otra carta al director aparecida en el mismo medio”.

Pero, ¿qué utilidad hay en toda esta definición? Empecemos. ¿Quién recibe y gestiona estas cartas? ¿El receptor ‘oficial’, el importante e influyente director del periódco? Lo dudo. Esa es ya hace tiempo una relación platónica. Por lo que sé, suele ser un periodista de la plantilla (pondría la mano en el fuego que habitualmente es un intern) quien se encarga de recibir, leer, y seleccionar las cartas. Y aquí, la primera estafa. Porque no es cierto que después de llenar una solicitud con mi nombre y apellidos, ID, dirección postal, ciudad, email, teléfono y que después de escribir mi texto, me esté dirigiendo, esté “hablando” con el poderoso y ocupado director, no. Es mentira. Seguramente tenga más posibilidades de estar compartiendo mi queja, opinión, etc., con el hijo imberbe y recién graduado de periodismo de mi vecino. Y en ese sentido, ¿haríamos públicas nuestras voces de la misma manera si hacemos esta reflexión?

Otro aspecto que me suscita cuestión sobre quién se ocupa de las cartas del lector hace referencia a la honestidad. ¿Qué sucede en el momento en el que quien recibe las cartas es el protagonista de una de las quejas del lector? Pongamos que un ciudadano escribe al periódico al que está suscrito hace una vida, una carta quejándose de que un Ford Focus de color azul eléctrico, con una gran sticker del conejito de Playboy en bumper, y con tablilla JDT 407, lleva dos semanas estacionando los jueves en una zona de acceso para impedidos, y por ello, estos deben dar una vuelta innnecesaria para poder acceder a las instalaciones donde llevan a cabo su rehabilitación y mantenimiento físico. Y pongamos que el dueño de ese vehículo es la persona, el periodista, o su extensión, el no destetado, encargado de manejar las cartas de los lectores.
¿Qué, entonces?

Sigamos con la cirugía. Las respuestas. ¿Acaso hay alguien que responda las cartas de los lectores? Nunca podemos generalizar. Y sí, hay medios de comunicación y periódicos que sí responden, como también hay –apuesto– medios que llaman a las empresas que publicitan y:

-Oiga, vamos a publicar una carta de denuncia a su empresa… No, no es muy grave. De esas quejas que no necesitan pagar una demanda ¿Quiere preparar la respuesta que también la publicaremos? Es que según la agenda de estrategia empresarial ya nos toca jugar a ser transparentes y honestos y toda esa mierda, y nos haría un favor. ¿El qué?, ¿bajarle el presupuesto?

Como decía, no se puede generalizar, pero la realidad es que en estos textos el feedback es una utopía; la bidireccionalidad, el orgasmo que no llega. Como mucho el lector puede aspirar a ser apelado por otro lector y así revolcar el gallinero (lo que provoca al periodista receptor una mueca como la que hace el titiritero urbano al que le echan moneda suelta); o también puede aspirar a escribir la mejor carta y ser premiado con un precioso y caro bolígrafo Montblanc con el que pueda seguir escribiendo estupendas cartas. Es fenomenal, los problemas del lector solucionados de un “plumazo”.

Terminemos. ¿Qué queda de la carta del lector, pues? ¿Cumplen realmente algún objetivo? ¿Tienen alguna finalidad útil? Con todo lo visto, tengo la sensación de que los esfuerzos de los lectores, sus quejas, sus angustias, sus denuncias, sus agradecimientos, sus reivindicaciones, sus voces al fin, nacen huérfanas, impresas para siempre pero efímeras y olvidadas al publicarse la siguiente edición del periódico. Así pues, las cartas de los lectores terminan siendo no más que un:
-ufff……, por fin pude tirarme ese peo.

 

Imagen: http://wrd.cm/1trd7Hm

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