Los hombres y los Sad Sam’s

Los hombres y los Sad Sam’s


Después de un tiempo,
uno aprende la sutil diferencia
entre sostener una mano
y encadenar un alma.
Y uno aprende que el amor
no significa acostarse
y una compañía no significa seguridad.
Y uno empieza a aprender
que los besos no son contratos
y los regalos no son promesas,
y uno empieza a aceptar sus derrotas
con la cabeza alta y los ojos abiertos.
Y uno aprende a construir
todos sus caminos en el hoy,
porque el terreno de mañana
es demasiado inseguro para planes…
y los futuros tienen una forma de
caerse en la mitad.
Y después de un tiempo
uno aprende que si es demasiado,
hasta el calorcito del sol quema.
Así que uno planta su propio jardín
y decora su propia alma, en lugar
de esperar a que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar,
que uno realmente es fuerte,
que uno realmente vale,
y uno aprende y aprende…
y con cada adiós uno aprende.
– Veronica A. Shoffstall

Ahí les va un poemita, de esos que uno se encuentra por los internets de la vida. Me tomó un poco de tiempo investigar de quién era, pues inicialmente se lo atribuían y que a un tal Borges. Resulta, sin embargo, que la autora de este poema era una nenita de 18 años llamada Verónica; se lo escribió a un chico, que como pasa en la mayoría de los casos, ni siquiera valía la tinta que se gastó en el. Es originalmente en inglés pero la traducción es mucho mejor, así que nos quedamos con esta versión.

Cuando terminé de leerlo, y después de hacer las respectivas asociaciones, todo lo que pude pensar fue ¿a quién se le ocurrió que esto lo haya podido escribir Borges? El es bueno, sí. Ha escrito alguna que otra obra maestra. Pero no nos engañemos; no es tan bueno como para en algunas líneas plasmar lo apendejadas que somos las mujeres en el amor, y la ingenuidad e inmadurez del pensar de una nenita enamorada que se quedó vestida y alborotá.

Los hombres no entienden de esas cosas.

Un hombre no ve el contrato de compra venta implicado en un beso; ni la promesa encerrada en el Sad Sam trilla’o que regalan en San Valentín, o la canción súper charra que nos dedican de Ricardo Montaner. Para algunos, esas cosas son simplemente efectos colaterales de querer tener una amiga con privilegios permanentes; para otros constituye una obligación. Hay otros que saben, que si logran sacarle esa sonrisa de nenita enamorada de 18 años a su amiguita con privilegios permanentes, tendrán luz verde a lo que sea, así que le compran el Sad Sam más grande de la tienda.

Y aunque sabemos que es todo un show, y que compraron lo primero que vieron, para la nenita de 18 años que se complace con la mas mínima demostración de cariño, ese Sad Sam es el regalo más espectacular del universo. Claro, hasta que una amiga nos pregunta qué nos regalaron y tratamos de evadir la pregunta para no admitirnos a nosotras mismas lo mediocre que son nuestros hombres.

Que conste que nunca me han regalado un Sad Sam, ni dedicado una canción de Ricardo Montaner. Esas son estipulaciones claramente detalladas en el primer contrato de compra venta para poder celebrar la transacción. Pero todas hemos sido víctimas de sus equivalentes.

Borges no podría entender tampoco lo que implica que esa nenita de 18 años despierte. No podría describir la desilusión, y la soledad e incertidumbre que se siente cuando el mundo que creó con el ingenuo amor de adolescente, se le cae frente a ella. Nada de eso. Ni mucho menos ese “born-again christian feeling” que le da a esa nenita cuando dice “distancia y categoría” y se da cuenta que esos Sad Sams eran mierda y que ella merece mucho más.

Él, no podría describir lo que se siente cuando una nenita “después de un tiempo” deja de esperar flores, y sólo quiere de las que ella misma haga florecer.

Sólo una mujer pudo haberlo escrito, porque los hombres no entienden de esas cosas.

Bailen!

MCP

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