No todo es sol en el Caribe

No todo es sol en el Caribe


La temporada de huracanes comienza en junio y termina en noviembre, 5 meses llenos de humedad, calor e incertidumbre, siendo septiembre el mes con más actividad ciclónica. En Puerto Rico, los supersticiosos dicen que mientras más aguacates crezcan en los árboles, mayor será el número de tormentas y huracanes. Los menos supersticiosos se dejan llevar por la intensidad del calor en verano y el variable pronóstico meteorológico antillano. Este año han brotado miles de aguacates y el fenómeno El Niño nos acorrala en una de las peores sequías registradas, por lo que esperamos interminables días grises en el Caribe.

Una nube enorme sale de África hacia América y viaja más de 10,000km de distancia sobre aguas cálidas, suficiente tiempo para que esta tome fuerzas. Si logra organizarse, se convertirá en depresión tropical, lo que significa que tendrá vientos sostenidos máximos de 62km/h. Luego pasará a ser tormenta tropical con vientos sostenidos máximos de 118km/h. Finalmente llegará a la etapa de huracán, donde los vientos sostenidos varían entre 119 a 252km/h, dependiendo de su categoría en la escala Saffir-Simpson. Para que tengas una idea, si un huracán llega a convertirse en categoría 5 (la máxima en la escala) el viento soplará constantemente a 252km/h, y de vez en cuando vendrá una ráfaga con más fuerza. A esto le sumas grandes cantidades de lluvia, que generalmente resultan en inundaciones, desbordamientos de ríos y deslizamientos de tierra. Evidentemente dejan de funcionar los servicios de electricidad y agua.

Entonces ¿qué hacemos en Puerto Rico ante la llegada inminente de un huracán? Pues hay dos versiones, la “tradicional” y la honesta. En la “tradicional” te dirán que el pueblo entero protege sus ventanas con tormenteras. Se suplen de agua y comida enlatada, suficiente para estar unos días sin servicios básicos. Las familias que viven en hogares que corren peligro, ya sea por inundaciones o por fallas estructurales, se trasladan voluntariamente a un refugio. El huracán llega, todos con el oído en la radio esperan el más reciente informe del avión cazahuracanes. Se va la luz, se va el agua, sopla el viento, los niños se asustan, nadie duerme, el huracán se va, zona de desastre. Esto, aunque cierto, carece de detalles honestos que demuestran cómo nuestra cultura se manifiesta en todo su esplendor.

Categoría 1: procrastinación.
No hagas absolutamente nada hasta que falten 24 horas (o menos) para la llegada del huracán. Generalmente este se desvía hacia el norte una vez toca las primeras islas antillanas, así que poner tormenteras y hacer compra podría resultar en una gran pérdida de tiempo y dinero. Si finalmente el National Hurricane Center confirma que vendrá, corre al supermercado y pelea junto a cientos de personas por las últimas latas de salchichas, velas y varias cajas de cerveza. Llévate también una botella de ron y un litro de toronja natural, recuerda que la Ley Seca pronto será efectiva y no se venderá alcohol en ninguna parte.

Categoría 2: trabajo forzado.
El huracán absorbe todo el viento, así que prepárate para expulsar hasta la última gota de sudor de tu cuerpo mientras proteges tu casa. Clava y atornilla paneles de madera en las ventanas, mueve maceteros dentro de la casa, crea diques de tierra para que el agua no entre, protege con el alma objetos de valor. Insulta al gobierno, culpa a dios, suda, maldice y ruégale a los santos para que el huracán llegue y así sople algo de brisa. ¡Que se joda, que nos parta el huracán por el mismo centro!

Categoría 3: paranoia.
No dejes de ver y escuchar el informe meteorológico a las 5:00h-8:00h-11:00h-14:00h-17:00h-20:00h-23:00h. Prepárate para uno de los momentos más sublimes en tu vida. Recuerda los estragos del huracán Hugo (1989) y George (1998). Preocúpate seriamente: ¿aguantarán los paneles de madera? ¿habré sacado todos los posibles proyectiles del patio? ¿se inundará la calle? ¿subirá de categoría el huracán? ¿le caerá un árbol a mi auto? ¿tendré agua y comida suficiente? ¿cuánto tiempo estaremos sin electricidad? ¿1 semana, 1 mes, 2 meses? La deuda del país asciende $72,000 millones de dólares ¿cómo podríamos recuperarnos de este desastre?

Categoría 4: aceptación.
¡Ya enfriaron las cervezas! Abre 1, abre 2, abre 3. Juega dominó, UNO, Jenga. Haz chistes negros a tus amigos como “¿te clavaste bien?”. Escucha el terrorífico sonido del viento sostenido a 165km/h y la lluvia dando cuchillazos en los paneles de madera. Pretende que no tienes miedo. Se fue la luz, así que prende las velas y bebe más rápido antes de que las cervezas se calienten. Llegó el ojo del huracán… tienes pocos minutos para salir de tu casa, mirar el cielo estrellado desde la calma, abraza a tus vecinos, comparte una cerveza tibia. Entra a tu casa antes de que llegue el “VIRAZÓN”, la peor parte donde todo lo que ha destrozado la primera parte del ciclón, saldrá volando como pájaro en libertad. Deja de beber y date cuenta que los huracanes son más serios de lo que pensabas.

Categoría 5: epifanía.
El huracán ya pasó. Sigues sin agua y sin electricidad, pero con una montaña de comida enlatada y el litro de jugo de toronja caliente, junto a la botella de ron. No tienes hielo y matarías por un vaso de agua fría. Sales de tu casa, ves el desastre a tu alrededor y el corazón se te rompe al ver a tu país herido. Los vecinos comienzan a ayudarse: el que tiene planta eléctrica te pasa una extensión para que conectes un abanico (recuerda que el huracán absorbe todo el viento) y el que tiene hielo te regala un poco de su frozen gold. El comunismo se manifiesta y te das cuenta que la gente no es tan mala, que el caos nos une más de lo que nos separa. Espera humildemente a que FEMA nos rescate y que el país regrese a donde todo comenzó.

La experiencia de un huracán es lúgubre, sin embargo, purificadora. Al igual que limpia el aire y el terreno de malezas viejas, acicala actitudes en las personas con sus ráfagas epifánicas. Tan poético como lo que acabo de escribir, es el resultado de los estragos: entre los escombros hay una breve pausa en la violencia, el egoísmo y el descontento. Porque no todo es sol en el Caribe, y el paso de una tormenta o huracán significan un respiro de toda la mala racha en que vivimos. Así comenzamos a coquetearle a los aguacates y a secretamente desear que esa nube enorme que sale de África llegue a nuestra tierra para recordarnos que después de la tormenta, siempre viene la calma.

Este texto, evidentemente, va dirigido a extranjeros.

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